statvs fecvnditatis totalis
todas listas para la siembra
Llevo tres días sin dormir bien. La causa yace ahora mismo durmiendo en el poyete de la ventana. Como bien he podido comprobar, nuestra gata—la que nos encontramos hace tres meses maullando en el huerto de calabazas—no está castrada. Ay, Señor.
Como mamá gata primeriza que soy y que todo lo ignora, he buscado en Google cuánto tiempo le puede durar esto y me ponía que de 7 a 10 días laborables (festivos incluidos). Lo peor de todo es que se repite cada 2-3 semanas hasta que empiece el invierno otra vez.
Que la virgencita se apiade de mí.
Mi hermana se ha ido con su marido de viaje hace un par de semanas, y cada mañana le paso un informe por whatsapp sobre mis aventuras nocturnas, con muchos emojis de la lagrimita colgando. Ella descojonada.
“Yo esto no lo aguanto”, le digo ayer por la tarde por teléfono.
“Podrías comentárselo a Paolo—para que la castren.”
Paolo es un vecino del pueblo que tiene 12 gatos. “Los míos no salen de aquí porque están todos castrados”, nos dijo un día, recién aparecida la gata. “Probablemente la hayan traído aquí de otro pueblo, para abandonarla.”
La última vez que vi a Paolo nos regaló una botella de vino. No sé cómo lo hace, pero siempre tiene vino para despachar. A ver si me lo encuentro pronto, porque no tengo su teléfono y no es plan de ir a su casa a molestarle con esto un domingo.
En Italia los domingos son sagrados. Una vez se nos fue la luz un domingo por un cortocircuito, y el electricista, que vive aquí al lado, no quiso venir hasta el lunes por la mañana. Era invierno, a todo esto. Así que, como os podéis imaginar, nos quedamos sin calefacción, sin agua caliente y sin agua fría—porque aquí, señores, el agua circula gracias a un sistema conectado a la corriente eléctrica.
No me preguntéis por qué.
Volviendo al tema de la gata. Aunque yo no duerma bien por su culpa, no soy capaz de enfadarme con ella.
En realidad, me da pena porque la veo muy sensible y extremadamente cariñosa.
Estar durmiendo plácidamente y que, de repente, te entren ganas de cantar una saeta a las 2 de la mañana, o tirarte en plancha encima de las zapatillas de estar por casa sin saber muy bien por qué, no debe de ser agradable para uno mismo. Yo estas oscilaciones hormonales no se las deseo a nadie.
Incluso a veces me mira como si fuese un filete de carne. Me pregunto si las personas de apié miramos así a alguien que nos gusta cuando estamos muy cachondos.
Lo que nos ha pillado por sorpresa es el repentino celo de la perra de mi hermana (me refiero a su perra, no que la esté llamando perra a ella—idiosincrasia del castellano). Es curioso porque se han sincronizado ambos celos, como si tuviesen una especie de Airdrop por el que se pasan la información. Yo pensaba que esto solo les ocurría a las mujeres.
Sí, he dicho mujeres.
La realidad biológica es inegable, por mucho que el Parlamento Europeo se empecine en votar todo lo contrario.
Mi gata lo corrobora todas las noches desde hace cuatro días.
Y mi app de Stardust también.
xx
Lidia.


